Nuestro mundo está lleno de maravillosas razas nuevas que los jugadores podrán disfrutar. Ya conocieron a los Mastaari, sabios y eruditos elefantes de profunda espiritualidad, que se adaptaron a los peligros mediante el parentesco tribal. A los Enanos de Stormhall que, a pesar de su oscuro pasado, tienen una sed insaciable de construir un futuro más brillante a través de la ingeniería futurista y el estudio de las historias. A los humanos de Anterose, hijos e hijas de un imperio caído que conservaron la fe en Solaris y protegieron a su sociedad de la anarquía. A los elfos de Iretheia, cuyas larguísimas vidas los ayudaron a alcanzar la maestría absoluta en todo y el deseo de permanencia.
Aún quedan cuatro razas jugables por revelar, unidas por las heridas de su pasado compartido. Hoy, antes de conocerlas, nos centramos en una nación cuyos actos moldearon el curso de la historia y dejaron un legado que todavía resuena en todo el mundo.
LAS ESTRELLAS FUGACES
Cuenta la leyenda que los Kolossus nacieron el día en que el cielo llovió fuego. Las estrellas habían caído sobre el mundo, fusionándose con el granito y la piedra, y de esa tierra quebrada se alzaron los primeros gigantes. Humanoides colosales, tallados en roca, con una dureza como la del diamante triturado. Medían el doble que cualquier hombre, tenían hombros tan anchos como cordilleras y caminaban con un paso tan atronador que casi hacía caer a un enano. En los textos históricos, y para cualquier elfo que se haya cruzado con ellos, eran las criaturas más poderosas que jamás hayan recorrido el mundo.
Los cantos antiguos dicen que los Kolossus nacieron tan lejos de los suyos que pasaron toda su primera era viajando para encontrarse. Sea cierto o no, durante la mayor parte de su historia los Kolossus fueron nómadas. Las distintas tribus seguían, de campamento en campamento, a quien demostrara ser el más digno.
La fuerza no era para los Kolossus un simple rasgo, era su moneda. En su sociedad, el poder físico abría todas las puertas, tanto en sentido literal como figurado. La gloria, el rango, el respeto e incluso el trono solo podían pagarse con tenacidad brutal y pura. Los Kolossus solo se inclinaban ante el más poderoso de entre ellos y ante quienes se hubieran ganado un nombre cargado de renombre.

LAS TRES CIUDADES DE LA COSTA OESTE
Un encuentro con los elfos cambiaría a los Kolossus para siempre. Cuentan los relatos que un visitante élfico desafió a un Kolossus a una prueba de fuerza. Ningún Kolossus podía resistirse a semejante desafío, aunque la visión de aquella figura esbelta les causó más gracia que preocupación. Para complacer la petición, que parecía poco seria, el líder de la tribu dio un paso al frente y extendió el brazo hacia abajo, hacia el elfo, como dictaba la costumbre. El elfo extendió su propia mano y, cuando el gigante empezó a ejercer presión hacia abajo, algo preocupado por la posibilidad de matar al elfo, se encontró volando por el aire y cayendo de espaldas con un estruendo tremendo. La tribu entera quedó atónita, pero el elfo solo hizo una reverencia para agradecer la oportunidad de poner a prueba su habilidad y preguntó si estarían abiertos al comercio y al intercambio cultural con su pueblo. Habiéndose ganado ya su respeto, los Kolossus no pudieron rechazar la propuesta.
El comercio trajo bienes, y con los bienes llegaron costumbres, mitos y el hábito de quedarse en un mismo lugar el tiempo suficiente para construir algo duradero. Surgió entonces un nuevo desafío para los Kolossus, uno que requería ingenio y no fuerza, por primera vez. Para sorpresa de sus nuevos amigos elfos, superaron todas las expectativas.
A medida que las tribus nómadas se reunían en un gran campamento para comerciar, los campamentos se convirtieron en pueblos, los pueblos en ciudades, y las más grandes de ellas en ciudades-estado. Tres grandes ciudades se formaron y marcaron lo más grandioso y poderoso de su civilización a lo largo de la costa oeste: Argon, Pyrakos y Torinth.


LA ALIANZA ENTRE ARGON Y ATREA
Golian de Argon no heredó su corona. Superó en construcción, en argumentos, en combate y en resistencia a todos sus rivales, hasta que nadie en Argon pudo disputar su derecho al poder. Sus aspiraciones se inspiraban en la majestuosidad de la ciudad élfica de Atrea. Allí vio de qué eran capaces los Kolossus y exigió nada menos que llegar a ser más fuertes incluso que los elfos.
El pueblo de Argon, sin embargo, era humilde; demasiado humilde para su gusto, y su falta de sed por lo nuevo se volvió un problema para sus metas. El rey, que le había dado a su ciudad todo lo que necesitaba y todo lo que sabía, se inquietó por algo que nadie en su corte podía ofrecerle. Golian pasaría años recorriendo ruinas antiguas y persiguiendo rumores de reliquias élficas que siempre parecían escurrírsele entre los dedos.
Las aventuras de Golian lo llevaron finalmente a una caverna profunda, donde el wyrm Laggnothar descansaba. Laggnothar se había acomodado para una buena siesta ese mes, y las pisadas del Kolossus fueron muy mal recibidas. El wyrm despertó, le arrancó la armadura del cuerpo a Golian y le drenó la fuerza de las extremidades mientras intentaba aplastarle la vida. Si los Kolossus fueran menos tenaces, esas habrían sido las últimas palabras que se dijeran de Golian de Argon. Pero se aferró a la vida y, en su hora de necesidad, el tesoro que buscaba acudió en su ayuda. Aunque no tenía la forma de ninguno de los artefactos que había estado persiguiendo. En cambio, fue el heredero élfico del reino que lo había inspirado.
El príncipe Asterios de Atrea no perdió el tiempo en ayudar al Kolossus herido. Su gracia en combate dejó a Golian maravillado. A pesar de su propia gran fuerza, se sintió humilde ante la presencia del elfo. Forjaron un lazo de sangre mientras luchaban juntos contra Laggnothar, y lograron herir al wyrm lo suficiente como para obligarlo a retirarse. Golian estaba agradecido y sentía curiosidad mientras los dos emprendían, lado a lado, la larga subida para salir de las cavernas. El príncipe explicó que había estado vigilando los movimientos de Laggnothar para asegurarse de que el wyrm no volviera a cazar en sus tierras, pero se había sorprendido al encontrarlo intentando, desesperado y sin éxito, devorar a un Kolossus. Para cuando llegaron a la luz del día, habían forjado una amistad que duraría toda la vida de ambos.
Los Kolossus de Argon y los Elfos de Atrea quedarían, desde entonces, unidos en servicio mutuo.
LA GUERRA ATREANA
Casi medio siglo después, los hijos de Golian llevaban coronas propias.
Atrag, el mayor, gobernaba Pyrakos. Era el vivo retrato de su padre, vaciado en una piedra más dura: lento para iniciar una guerra, implacable una vez que la comenzaba.
Goligan, el menor, gobernaba Argon. Era rápido para reír, más rápido aún para enfurecerse, y estaba entregado a su hermano por sobre todas las cosas.
Ambos habían jurado respetar el vínculo de su padre con Atrea, así que cuando la Coalición Iretheiana declaró la guerra a sus aliados de Atrea, ninguno de los dos dudó. Solo la ciudad de Torinth se negó a responder al llamado.
En la asediada Atrea, el coraje de los Kolossus asombró incluso a los soldados elfos, que habían sido forjados para ser flechas en las aljabas de sus Dioses. La sensación de la batalla reavivó un fuego que llevaba ardiendo en ellos desde su creación y, unidos, ambos pueblos quebraron el primer avance de la Coalición hasta convertirlo en grupos dispersos de fugitivos.
Atrag, el Rey de Pyrakos, se mantuvo firme frente a las puertas. Cansado, pero dispuesto a luchar hasta el final. Lamentablemente, fue Archael, el Encarnado del Heroísmo en persona, quien salió a continuación de las filas de la Coalición. Chocaron con acero y chispas, con armas manchadas de sangre y goteantes de sudor. Atrag y Archael pelearon en frenéticos y vertiginosos asaltos, entre tandas más largas en las que se sacudían de encima a oponentes menores. Muchos cayeron en la batalla, hasta que los cuerpos formaron una arena improvisada alrededor de ambos. En un último enfrentamiento que hizo temblar los muros de la ciudad, ni siquiera el gran Rey de Pyrakos pudo reunir la fuerza necesaria para vencer a aquello que encarnaba el heroísmo mismo. Atrag cayó, y Archael se adentró en Atrea en busca de su próximo oponente.
Cuando las puertas se abrieron de par en par y el enemigo irrumpió en masa, fueron los gigantes de piedra tallada quienes se mantuvieron erguidos en la brecha, apoyándose en el combate para sostener su peso, porque eran demasiado testarudos para caer. Goligan cargaba con el dolor por la muerte de su hermano mientras Archael se aproximaba, y ese dolor abrió un abismo en su corazón que exigía venganza. El duelo se convirtió en canción antes de que el polvo se asentara: Goligan, Rey de Argon, contra un Encarnado viviente. Cuando la pelea terminó, nacieron las leyendas.
El asedio se cobró la vida de dos Reyes y, en torno a sus muertes, los Kolossus tejieron su balada más grandiosa. Cuenta sus duelos finales bajo las murallas, Reyes contra miles de soldados y contra el Encarnado viviente, y la caída de Archael, por fin, a manos de Goligan. La balada afirma que Goligan solo permitió que la muerte lo tomara una vez cumplida la venganza por su hermano. Sin embargo, a pesar de su valor, Atrea cayó ante la Coalición.
Los pocos Kolossus que quedaron marcharon de regreso a sus tierras derrotados, y las consecuencias de la guerra no tardaron en seguirlos a casa. La Coalición arrasó Argon, un acto que los Kolossus creen que fue una represalia por haber matado al Encarnado del Heroísmo. Los elfos, en cambio, sostienen que el Encarnado no cayó ese día. Pyrakos no sufrió ningún asedio. La mayoría de sus guerreros ya yacían al pie de las murallas de Atrea, y lo que quedaba era una ciudad de dolientes tras muros construidos para gigantes. La Coalición no vio allí nada que valiera las vidas que costaría abrir una brecha: la larga y prolongada batalla para destruir Argon ya los había desangrado más que suficiente. Se habían gastado vidas élficas, y el costo de destruir otra ciudad Kolossus se consideró demasiado alto.

LO QUE DEJÓ LA VENGANZA
Tras la caída de Argon, los Kolossus restantes se volvieron unos contra otros, un eco de los viejos tiempos en que la fuerza determinaba el futuro. Las guerras entre su pueblo se prolongaron durante siglos y arruinaron a la ciudad aún en duelo. Cuando ya no quedaba sangre por derramar, solo Pyrakos permanecía en pie. La última imagen de la época de mayor esplendor de los Kolossus, un recordatorio para el resto del mundo. Si bien los elfos son tolerados en Pyrakos, las cicatrices de la Guerra Atreana nunca se han desvanecido.
Golian se convirtió en un símbolo para su pueblo, el ejemplo mismo de lo que un Kolossus puede llegar a ser. Muchos han afirmado ser su heredero, o ser él mismo, regresado desde más allá del velo de la muerte. Pero ninguno ha demostrado su fuerza ni su impulso para construir como él lo hizo alguna vez.
LOS VESTIGIOS DE LA VENGANZA
Los asentamientos de los Kolossus llevan su devoción por la fuerza grabada en piedra. Un albañil Kolossus no se preguntaba por la belleza de los salones que levantaba. Se aseguraba de que los muros sobrevivieran a los reyes, incluso al suyo propio. Terrazas macizas, escaleras talladas para zancadas más largas, portones hechos para gigantes: ciudades hechas para durar eras y para ser vistas en pie. Aunque Argon como ciudad fue destruida, el testimonio de la fortaleza de sus construcciones todavía resiste el paso del tiempo. Así también los salones casi vacíos de Pyrakos: aunque allí no hubo asedio, los Kolossus que quedaron nunca terminaron de recuperarse. Torinth, igualmente, fue construida para durar eras y no fue tocada por la batalla.
Sin embargo, un destino incierto aguardaba a la ciudad de Torinth. Por vanidad, su Rey recibió a un audaz profeta rodeado de sombras. La promesa de gloria no pesó más que el costo de las almas de su pueblo, pero en el trato todo se perdió. Las ruinas de la ciudad aún pueden encontrarse en el desierto, sepultadas bajo las dunas, como un memorial de las malas decisiones. Pero esa es una historia para otro día.

HASTA EL PRÓXIMO VIAJE
Los Kolossus cantan que Goligan de Argon derribó a Archael bajo las murallas de Atrea. Los elfos sostienen que el Encarnado no cayó ese día.
Pyrakos sigue en pie como una ciudad eternamente doliente por sus caídos, y las ruinas de Torinth yacen enterradas bajo las dunas del desierto. Pero esa es una historia para otro día.
Entonces, ¿a quién le creen? Vengan a charlarlo en Discord, ya sea en nuestro servidor Español o Inglés, y cuéntennos de qué lado están.